🔳 #RevistaMalinali | Cuentan en los pasillos de San Lázaro que la ambición familiar suele pesar más que cualquier ideología partidista. El caso de la dinastía zacatecana de los Mejía Haro es el ejemplo perfecto de cómo privatizar la representación pública. Hoy quedó demostrado que, para ellos, el poder no se comparte con la ciudadanía: se hereda.
Hoy, finalmente, se consumó el descarado relevo nepotista donde el diputado Ulises Mejía Haro le entregó la curul federal a su propio padre, Antonio Mejía Haro.
El acto fue operado este día por la panista Kenia López Rabadán, dejando en claro que cuando se trata de proteger los intereses de una estirpe política, las fronteras entre partidos desaparecen.
El lema familiar quedó rebautizado: “¡Sí hay de otra… poner al papá!”.
Dejar al progenitor como diputado suplente para garantizar que el apellido —y el presupuesto— sigan vigentes no es un cambio; es la copia fiel de los vicios que juraban combatir.
Para los Mejía Haro, la política no es un servicio, es un patrimonio.
El truco ya se lo saben de memoria: Antonio ya había sido el suplente de su hijo cuando este fue alcalde de Zacatecas.
Cuál títulos nobiliarios, eso es lo que parecen ser los cargos populares para este clan que confunde una diputación con un negocio hereditario.
La verdadera sinvergüenzada radica en su incapacidad para soltar el poder, utilizando el relevo generacional a la inversa solo para asegurar la permanencia financiera de la casa Mejía.
Los ciudadanos votan por propuestas, pero terminan manteniendo a dinastías enteras. Al tiempo.
