Por Aldo Ávila
Ahí donde lo que debería de ser no es, donde lo que debería de estar no está, donde lo que se debería de tener no se tiene, entonces “ahí” es un lugar marcado por la pérdida del sentido y de orientación, un lugar que no tiene otro destino más que la devastación y la muerte.
El “nombre del padre” es el lugar o la institución de la autoridad, el sentido, la protección e incluso la prosperidad, cuando éste se rechaza o pervierte lo que quedan son sus escombros, indicios de lo que alguna vez fue o debió haber sido y sobre todo un terreno fértil para la agresividad, la violencia, las adicciones, los abusos generalizados, es la descomposición en acto.
En términos de política gubernamental y social, el declive del nombre del padre significa la pérdida de autoridad y gobernabilidad, la pérdida de confianza social, la ausencia de capital económico y propuestas de desarrollo humano, un aplastamiento del deseo mismo.
Cuando se tiene o se hereda un gobierno así, no hay muchas alternativas: la muerte o el renacimiento.
La reivindicación de los “nombres del padre”, es el resurgimiento de las personas e instituciones que animan la autoridad, el sentido, la confianza, el respeto, el amor, la honestidad, la reciprocidad, etc.
Tiene que surgir de los escombros heredados y no es posible sin un deseo decidido, contundente, un deseo que implica una transformación inevitablemente de raíz y profunda.
No es fácil, pero no es imposible. El amor a la vida, a lo humano y al bienestar, son determinantes en esta proeza.
