GUILLERMO CORREA/OPINIÓN
Yo también vi a Juan Pablo II hace 27 años aquí en Zacatecas. Fue un encuentro fortuito. Lo vi pasar en la avenida Hidalgo entre las multitudes que se apiñaban y los grupos que a empellones querían caminar junto a él cuando se abrió un pequeño espacio. Caminaba a contracorriente después de comprar unos cigarros para distraer la cruda que me atormentaba ese día cuando pasó entre miles.
Llevaba puesta esa sonrisa que aún sigue seduciendo a millones y millones. Fueron escasos segundos, dos o tres, cuando pasó en la camioneta blanca. Era imposible no mirarlo. Iba saludando y reía. Se veía feliz.
Y pude mirar su rostro, sus hoyuelos, esa misma boca que apenas unos años antes le torció a Monseñor Arnulfo Romero, obispo de El Salvador, cuando le suplicó en la Plaza de San Pedro interceder para frenar la matanza que el gobierno y los militares estaban haciendo en ese país, en el “Pulgarcito de América”; su aberrante desplante ante el dolor de los salvadoreños y su brutal y tajante orden de entablar puentes con los generales que mataban al pueblo porque, en la lógica de Juan Pablo II, también eran católicos y algo bueno debían de tener.
Poco tiempo después, a su regreso del Vaticano, Monseñor Arnulfo Romero fue asesinado cuando daba una homilía. Aún así y hasta su último minuto de vida, Juan Pablo se opuso férreamente a la beatificación del sacerdote bueno.
Y en una vorágine de sentimientos lo recordé abrazando y platicando con su amigo personal, Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo, un auténtico depredador sexual, un monstruo, que atacó y violó a cientos de niños durante su vida terrenal.
Ese que pasaba por la avenida Hidalgo con rumbo a la Catedral zacatecana era el principal encubridor de sacerdotes pederastas, el que ordenó a la alta jerarquía del Vaticano mantener el silencio de los niños víctimas de las violaciones y ataques sexuales de su grey dando incluso enormes sumas de dinero para callar sus denuncias.
Marcial Maciel se fue de este mundo perdonado y con la bendición de Juan Pablo II. Y nunca pagó por ninguno de sus crímenes, abusos, violaciones. Como cientos y cientos de sacerdotes.
Seguí caminando entre empollones rumbo al Jardín Independencia. Recuerdo la sensación de quererme quitar su presencia. Me lo imaginé riendo a carcajadas junto a Margaret Thatcher y Ronald Reagan cuando en su primera visita a México en 1979 dijo aquí, en tierras aztecas, su famosa frase que develaba sus fobias políticas: “el marxismo es un error antropológico que debe ser erradicado”.
Sí, yo también vi a Juan Pablo aquí en Zacatecas en 1990. Quizás la figura política más importante del Siglo XX.


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