POSICIÓN FRENTE A LA ENTREGA DEL PREMIO “MARIA RODRÍGUEZ MURILLO”

Por Mara Muñoz

 

Son recurrentes los episodios de la historia que han marcado con violencia a aquellas mujeres que se atrevieron a luchar por el reconocimiento pleno a su calidad de seres humanas. Esta lucha no  ha sido un acto individual, sino una búsqueda que nos cobijó en lo colectivo a las mujeres que llegamos después.

María Rodríguez Murillo abrazó una lucha social intensa y sin descanso por el derecho de una sociedad a imaginar formas más justas, libres e igualitarias de organización social. Esta mujer dio su vida por la instauración de un Estado laico, por las ideas de un régimen que lograra la igualdad social y económica. Es sus tiempos esto era sancionado por el fanatismo, su osadía le costó la tortura en vida y ser asesinada de manera por demás violenta. María Rodríguez Murillo fue víctima de un feminicidio político.

Me permito recoger un breve fragmento que en su memoria publicó la revista Contra Línea:

La madrugada del 26 de octubre de 1935, los cristeros le advirtieron a la maestra que se fuera del pueblo; como no lo hizo, la violaron, la golpearon, la amarraron con una soga de los pies y la arrastraron a galope de caballo por el camino terregoso que lleva a la salida de Huiscolco. Le cortaron los senos y los colgaron en arbustos localizados en la orilla del camino. Uno a la derecha, otro a la izquierda, como ejemplo, para que los demás maestros rurales desistieran de impartir educación socialista (véase David L Raby, Educación y revolución social en México, 1921 a 1940, SEP, México, 1974, p. 137; Salvador Frausto Crotte, “Maestra María R. Murillo. Víctima de fanatismo y rencor religioso”, El Universal, 17 de junio de 2001).

Así asesinaron a la maestra María Rodríguez Murillo, una profesora muy dedicada, que trabajaba en Huiscolco, municipio de Tabasco, Zacatecas. A la mañana siguiente del sangriento asesinato, el cura del lugar dijo misa y absolvió a los asesinos.

La señorita Murillo fue acusada de ser comunista y de apoyar el reparto de tierras, mientras que la gran mayoría del clero condenaba el agrarismo y amenazaba a los campesinos que recibieran tierras con los castigos eternos del infierno.

Murillo se había enfrentado con el cacique del lugar porque él no quería que sus trabajadores aprendieran a leer y escribir, mientras que el cura la tachaba de hereje.

La vida de María Rodríguez Murillo nos deja claro cómo se ejerce la política feminista que las mujeres practicamos y deseamos para el mundo. Nuestro motor no son los intereses sino las ideas y el bien común, entendiendo que sin nuestra participación en condiciones de justicia e igualdad este último es imposible.

A más de 8 décadas del feminicido de María Rodríguez Murillo, 9 mujeres y niñas son asesinadas en México diariamente. La violencia contra mujeres y niñas no sólo no se ha erradicado de nuestra sociedad sino que avanza a ritmos vertiginosos. El fanatismo religioso que asesinó a María Rodríguez Murillo, hoy se traduce en una misoginia que se vive desde la casa, el lugar más peligroso para mujeres y niñas, hasta la comunidad. Un odio hacia las mujeres exacerbado por un mercado rapaz en donde todo parece ser desechable, incluso nuestras cuerpas.

No podemos pensar en la violencia machista contra mujeres y niñas como casos aislados, nuestra comprensión del problema debe pasar por cuestionar un sistema capitalista y patriarcal que deja en nuestras cuerpas el rastro de la conquista. Este sistema no es un abstracto, se materializa en las personas que se postulan para ocupar puestos de autoridad en el Estado, en aquellas personas que buscan gobernar subrepticiamente desde el mercado, generando un poder que aumenta las cualidades de clasista y patriarcal que marcan el origen del Estado.

María Rodríguez Murillo hubiera padecido ver cómo el poder político y económico hoy se confunden, cómo la clase política responde a intereses económicos muy por encima del cumplimiento de su responsabilidad de gobernar para todas y todos. En esa ecuación las mujeres quedamos en una situación de especial vulnerabilidad que se ve reflejada en la violencia institucional y revictimización a la que somos sometidas cuando nos acercamos a las instituciones del Estado en búsqueda de justicia.

El feminismo hoy día se ha utilizado para la creación de múltiples instituciones que en el discurso trabajan por nuestros derechos pero que en la práctica se han convertido en mirones de palo ante la barbarie a la que nos enfrentamos. ¿Cómo conseguir entonces que el feminismo viva e impacte en el rumbo social? La respuesta no es fácil de alcanzar pero está cerca de encontrarse en la participación colectiva consciente, en  llevar hasta sus últimas consecuencias la consigna del feminismo: “lo personal es político”. El poder de nosotras las mujeres se teje desde abajo y se ejerce de manera cotidiana, en todos los espacios, en todo momento. Por eso el reto es transformar a la sociedad desde adentro, en la política de todos los días.

Hoy un poder del Estado, el legislativo, reconoce mi trabajo en favor de los derechos humanos de mujeres y niñas. Más que un honor es una gran responsabilidad y posibilidad. Responsabilidad porque María Rodríguez Murillo, su vida, sutortura, su asesinato; están presentes en esta presea y no queda más que actuar de todas las formas posibles en la política de todos los días de la mano de aquellas mujeres que creen en lo colectivo, en la libertad, en la justicia, en el trabajo político y social cotidiano “hasta que la dignidad se haga costumbre.

Esta presea es una posibilidad porque cuando la Legislatura reconoce una trayectoria como la mía, en donde los episodios de confrontación con el Estado en la defensa de nuestros derechos ha sido constante, está enviando un mensaje de compromiso que deberá verse reflejado en su agenda legislativa y en el ejercicio de sus facultades de fiscalización hacia el poder Ejecutivo y Judicial. Zacatecas y México necesitan verdaderos contrapesos de poder en la vida pública.

La sociedad no puede seguir sosteniendo un Estado de pies gelatinosos, apelmazado en su estructura por el peso de los privilegios de quienes gobiernan. Hoy, en memoria de María Rodríguez Murillo, quiero decir: Si el Estado no para esta guerra contra las mujeres que lo pauperiza todo, no justifica su existencia.

Honro el trabajo de quienes estuvieron nominadas para este reconocimiento, mis compañeras Leticia Torres Villa y María Luisa Sosa de la Torre. Dedico esta presea a todas las mujeres marginadas y violentadas por el sistema, a mis hermanas trabajadoras sexuales, a las que el sistema llama enfermas mentales, a las niñas, a las mujeres lesbianas, a las transexuales, a todas las hermanas víctimas de feminicidio. Sirva el nombre de María Rodríguez Murillo, su vida y ejemplo para honrarlas a todas ustedes, mujeres que luchan.

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