LA ADICCIÓN AL PODER “NEGOCIAR CON QUIEN SEA”

OPINIÓN/ANDRÉS VERA DÍAZ
La adicción al poder no es limitativo a los políticos, pero si característico de éstos. Toda relación recíproca en el proceso de obtención y dominio fomenta, desde la posibilidad de acceder para tener más, una sensación intrínseca como cualquier otro tipo de esclavitud a un acto, sustancia o persona.
Una de las acepciones principales, en la gran mayoría de la clase política, es el “chapulineo” o cambio radical de “pensamiento” en base a coyunturas con tal de tener probabilidad de llegar a un cargo público o puesto en algún Gobierno. Guillermo Fource, presidente de Psicólogos sin Fronteras señala que “el logro, el poder, es una de las motivaciones sociales básicas, por lo que, por supuesto, se puede tener una adicción al poder”.
Agrega que “se trata de una necesidad permanente de estar en lo más alto, de tener relevancia., es como una adicción sin drogas”, aclara. Una adicción que en algunos casos puede asemejarse a las personas enganchadas al juego o al sexo. Al igual que en éstas, la motivación no es tanto la recompensa sino el mantenimiento y el proceso. El poder llama al poder y cuando consigues algo, quieres más.
Existen diversos tipos de adicciones, desde la ingesta a sustancias hasta las conductuales, con sus respectivas ramificaciones. Generalmente, el problema adictivo se asocia con la proyección o manifestación latente de problemas que no sólo afectan al adicto en sí, también a quienes le rodean.
La justificación clásica de un adicto es que “es mi vida y yo decido”, o “mientras no le haga daño a nadie”; pero va más allá el asunto, puesto que el político podría decir que sus actos ayudan a los demás, pero en realidad, como cualquier adicción, no se profundiza el efecto de los hechos.
Veamos, un adicto al poder, podrá argumentar que el cambio de partido político de forma constante obedece a que el nuevo proyecto en realidad es el verdadero, porque defiende causas, porque entendió que en donde estaba, no se respetaba la voluntad popular o de sectores que velan por el bien común. Son discursos ambigüos que encontramos previos a cada elección, pero palabras vacías, el fondo es que existe un deseo renovado por mantener el modo de vida, de mantener poder y estatus, “negociar con quien sea”, dicen luego por ahí.
El problema es que pareciera que sus actos en verdad no dañan a nadie, pero en realidad fomentan la corrupción ideológica, despilfarran recursos del erario y recortan la aplicación de estos para beneficio social, o para tapar baches, o para salud, educación o infraestructura, con tal de mantener. Casos así abundan en el País, y en Zacatecas son más que obvios, aunque traten de generar empatía con austeridad al exterior, sus fortunas son de millones, pero quieren más. El planteamiento es muy simple ¿Para qué puede necesitar alguien una fortuna superior a los 10 o 15 millones? Si con el 30 por ciento toda una numerosa familia puede vivir lujosamente el resto de sus vidas. El problema es el estilo de vida suntuoso que se trata de no hacer público, pero que en la clase política, debe prevalecer el statu quo.
En un artículo para el diario El Mundo, Manuel Nevado, miembro de Psicólogos Sin Fronteras, expresa que. “El poder genera mucha adicción porque te crees omnipotente y omnipresente pero, cada persona tiene su propia forma de expresarlo”. A unas se les nota más que a otras. Hay dos rasgos de personalidad muy característicos que se asocian con esta ambición: la narcisista y la paranoide, entendida esta última como o estás conmigo o contra mí. “Piensan que todo gira en torno a ellos y que pueden hacer lo que quieran sin rendir cuentas a nadie, ni siquiera a los de su propio bando. Tienen una personalidad muy totalitaria. Hay veces en las que se pierde el rumbo y hasta la referencia de los tuyos”, explica.
Pero lo peor viene cuando el poder se pierde. “Cuando te planteas metas a largo plazo y ves que las pierdes en un corto periodo de tiempo, es duro”, añade Nevado. Cuando se frustran los sueños, la persona siente ira, enfado, sentimiento de culpa e, incluso, malestar físico como ansiedad. Les cuesta dar un paso atrás y reconocer las cosas.
“Cuando se ha tocado techo es mucho más difícil aceptar que ya no estás ahí”, afirma.
La adicción al poder sería, por tanto, una ambición desmedida, aunque tener ambición en la vida no siempre es malo sino, a veces, todo lo contrario. “Se trata de un elemento positivo en las personas, siempre y cuando esté bien definida por principios y por fines, sobre todo, por principios.

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